navidad y feliz

siempre he tenido una tendencia irresistible a salirme de la norma. A no seguir la cola. A buscar algo diferente.

no me gusta la navidad. No siempre ha sido así, lo confieso, aunque tampoco puedo decir que me haya atraído nunca. Odio esa sensación de tener que hacer lo mismo que las demás personas, la odio hasta cuando lo que se hace es de mi agrado… cuánto más cuando no se trata de mi elección. Creo que siempre es buen momento para disfrutar de las personas que queremos (de hecho, de eso se trata, de disfrutarlas todo lo que sea posible) y que los regalos es maravilloso hacerlos y recibirlos cuando hay algo que deseamos muchísimo o nos enteramos de repente de qué les hace ilusión a nuestros seres queridos. Hay días especiales para cada una de las personas que amamos, días que recordamos haber compartido de forma especial con ellas y que quizá se merecen un detalle más que cualquier fecha de navidad o cualquier festividad de reyes magos.

no obstante, la navidad, ahora, para mí, significa vacaciones -aunque cortas-. Carretera. Muchas horas de viaje escuchando música, risas y peleas infantiles, viendo pasar tierra y paisajes que forman parte de todas mis navidades de los últimos -ya bastantes- años. Días enteros para vivir junto a las personas más importantes de mi vida. Frío y sol, sentir que estoy en mi tierra. Volver a las calles de una gran parte de mi vida, a la gente y a las casas de mi familia. Abrazos, reencuentros, nuevos recuerdos que se quedarán también para siempre, en mí y en ellos y ellas.

así que cada navidad, suspiro de pereza y sonrío ante la perspectiva que me aguarda. Yo no celebro el nacimiento de nadie, ni la venida de ningún personaje imaginario. Procuro experimentar y transmitir la trascendencia de esta otra forma de vivir ese tiempo, escapando de compras interminables y absurdas o modas que no comprendo ni acepto. Desterrando para siempre creencias que limitan, que imponen y que no dejan ver con claridad y libertad.

simplemente, disfruto con la presencia y con el tiempo que me vienen dados, por seguir la cola y ajustarme a la norma. Presencia y tiempo. No se compran, no se pueden aplazar, ni recuperar. Se aprovechan, o se esfuman sin que hayamos dado cuenta de ellos.

presencia. Tiempo. Los únicos regalos.

“cicatrices doradas”

*la autoría de la imagen es de Carmen Rodríguez

desde hace un tiempo, vengo leyendo en distintos artículos y publicaciones, información acerca del kintsugi, una técnica japonesa que consiste en la reparación de objetos rotos uniendo las partes con resina mezclada con polvo de oro. Las piezas se ven realmente preciosas, peculiares… incluso a pesar de que no puedan volver a utilizarse.

partiendo de esta práctica, muchos pensamientos, textos y consejos, asocian la idea del kintsugi a los conceptos de resiliencia, reparación, terapia… humanas.
confieso que me cuesta aceptar este paralelismo, quizá por algunas convicciones que he acumulado en los últimos años: no considero que haya que mostrar nada que no queramos, no veo necesariamente belleza en todo (la belleza es algo subjetivo, cuyo significado reside en el interior de cada persona y no es equivalente a valor, o a aprecio) y no comparto la opinión de que siempre sea mejor reparar lo que se ha hecho pedazos.

¿y cuando lo que se ha hecho añicos es la persona?

es recurrente -y tentador, hay que reconocerlo- hablar de heridas cuando nos referimos a experiencias y relaciones dolorosas. Incluso utilizando esta perspectiva, “embellecer” las cicatrices no deja de contener una intención, consciente o no, de agradar-nos. De mostrarnos.
lo importante, creo, no es mostrar. Es crecer. Evolucionar. Aprender de lo vivido. Podemos mostrar. O no. Nuestras cicatrices no han de ser -ni de sentirse- como trofeos, sino como pasos, en todo caso.

como personas, como seres pensantes, sintientes, vivientes, puede ser más curativo visualizar que, ante los acontecimientos negativos, dolorosos, tristes, evolucionamos en lugar -o más allá- de rompernos. Nos desprendemos de esquemas, creencias, valores, erróneos, que nos pueden hacer sentir mal. Miramos todo eso, lo reconocemos como nuestro y nos deshacemos de ello, porque nos hemos percatado de que nos hace daño.

no es, pues, imprescindible, reconstruir lo que había, ya que en muchos casos, lo que había, no era adecuado o se ha quedado obsoleto.

cuando lo roto son relaciones y dado que suele ponerse mucho más énfasis en las de pareja, habría que comenzar por cuestionarnos esa idea tan extendida -pero falsa- de que la pareja es el estado ideal. A continuación, otra noción tan aceptada como perjudicial: que lo mejor es compartir toda nuestra vida -o lo que nos quede- con una misma persona. ¿Por qué?

planteándonos ya estos interrogantes, cabe avanzar hacia el de la necesidad de reparar siempre. Hay relaciones, de pareja y también de amistad, laborales, o de cualquier índole, que se rompen y que puede que no deseemos arreglar.
puede que nos cueste muchísimo recoger los trozos y hacernos conscientes de que no merece la pena volver a unirlos, porque realmente no queremos volver a convivir con algunas partes.
o puede que contemplar esos pedazos, nos dé la fuerza necesaria para pasar página lo antes posible.
puede que lo importante, cuando algo, lo que sea, se nos rompe, sea la reflexión sobre lo que era, si nos gustaba, si era valioso para nosotros. Si pensamos que verlo recompuesto nos hará sentir bien, con fuerza, con ganas de mirarlo, usarlo y cuidarlo.

si es así, merecerá la pena, aun cuando lo unamos con cinta adhesiva, con loctite, con cuerda.

y si no, recoger los trozos, mirarlos con reconocimiento, agradecer cuánto han servido y tirarlos, también es una buena opción. Hay veces que la mejor.

x3118 puede marcharse

*la autoría de la imagen es de Carmen Esplá

hace unas semanas, fui a hacerme una mamografía. Rutinaria, sólo para controlar “que todo está bien”. Mi madre murió de cáncer de mama -y de miedo de tener “algo malo”, siempre lo afirmaré-, así que no es nada extraño que, de cumplirse la parte de probabilidad positiva para el cáncer que quizá lleve en mis genes, prefiera detectarlo a tiempo y tratar de que la cosa no vaya a más y termine en lo peor, antes de lo que me gustaría.

apretaba en el bolsillo el número asignado -y que me da una rabia horrible haber perdido, con lo bien que habría ilustrado este texto- mientras me sentaba en el espacio de espera y miraba alrededor. Había otras dos mujeres -una acompañada- que miraban ansiosas la pantalla donde se anuncian los turnos. En ese momento no entendí.

la mujer acompañada se marchó, después de que aquel cacharro iluminara su número y lo subtitulara con un “puede marcharse”.
sólo habían pasado un par de minutos cuando la mujer que quedaba y que se paseaba nerviosamente, se lamentó de la tardanza en anunciarle a ella lo mismo. La miré. Estaba muerta de miedo. Sentí entonces una solidaridad, una comunión con esa mujer que no había visto nunca antes, que sólo podía ocurrirme por, como me fui percatando mientras hablábamos, nuestras similitudes. En las historias de ambas, el cáncer -la muerte, en realidad, sin identificar uno con la otra- ha dejado su huella, bien visible a aquellas horas en esa parte del hospital, esperando las dos.

tuvimos que estar a la expectativa por dos veces, al ser necesario repetir la prueba. Ella marchaba justo cuando me volvían a nombrar a mí.

después me quedé allí sola. No sé cuántos minutos. Sí sé que me di cuenta en ese tiempo, de qué puede ser que te cambie la vida en un momento; que te cambie de verdad, sin marcha atrás. Me vinieron tantos pensamientos y recuerdos entremezclados a la cabeza… mi madre y aquellos años ya en la lejanía, mi hermana… cómo entender el miedo que te paraliza y no te permite reflexionar, discernir, actuar, ser tú misma.

cuando vi en la pantalla que podía marcharme, no sentí alivio, aunque noté que me libraba de un peso. Me encontré a mi compañera al bajar y me preguntó, emocionada, contenta de que a mí también me hubieran dejado irme.

de camino a casa, mi cabeza continuaba cavilando. Me sentía más ligera, porque por unos instantes le vi la cara a mi miedo y lo miré de frente. Fui consciente -soy- de que volveré a estar en esta misma situación. La máquina me dirá que me vaya, o no. Quizá un día no sólo vislumbre el miedo, sino que se materialice, se haga opaco, se haga realidad.

en contra de lo que en ocasiones creemos -y ponemos en práctica-, yo pienso que no nos hacemos más fuertes negando el miedo, posponiendo la mirada, ni considerándolo como un enemigo. La fuerza nace de la consciencia, de contemplar la realidad cara a cara y de considerar deliberadamente sus consecuencias. De hacer recuento: nuestras fortalezas, para cuidarlas y mantenerlas intactas. Nuestras debilidades, si queremos trabajar en alguna y sobre todo, para reconocerlas, saber que están ahí. Qué necesitamos. A quiénes.
esto está más cerca, a mi juicio, de lo que supone ser fuerte. Y sin duda está al alcance de todas y todos.

cómo me gustaría haberle hecho una foto al número. A la pantalla, diciendo: puede marcharse.

la próxima vez, quizá.

todas las cosas imperfectas

allimperfectthingseste verano, le dejé a mi hermana mi ipod, mientras yo acompañaba a mis hijos para dormir y cuando volví a la terraza, me descubrió una canción que tenía por ahí rodando y que había escuchado muchas veces, pero no le había prestado atención. O hasta ese momento, no había tenido mucho que decirme. Esa noche me lo dijo todo de golpe y aún ahora, avanzando en el mes de diciembre y a 900 kilómetros de esa terraza, esa noche, su calor y su color y mi hermana, reverberan en mí todas las reflexiones que se me -nos- agolparon en un par de horas.

todas las cosas imperfectas nos rodean y nos hacen felices y desgraciadas. Nos hacen reír y nos acompañan y nos duelen y nos hacen aprender, crecer, alejarnos, elegir.

a mi hermana y a mí nos enseñaron a buscar la perfección y eso hace que, a menudo, no hayamos sabido mirar, contemplar y discernir entre todas las cosas imperfectas de que se construyen nuestros mundos. Nos ocuparon en intentar que todo fuera perfecto, por eso lo demás -todo- había quedado fuera de ángulo. No salía en la foto. Estaba ahí, era eso, era todo, pero nosotras buscábamos otra cosa. Por eso, todas las cosas imperfectas, llegado un límite, se rebelan y aparecen, repentinamente; no tenemos más remedio que verlas, porque se imponen. No tenemos más remedio que mirarlas, que acogerlas, que observarlas y aprender. Ahora sí. Dejar esa ardua tarea imposible de buscar algo que no existe y enfocar nuestra energía en todo lo que de verdad merece la pena.

en todas las cosas imperfectas.

que abarcan nuestras casas, nuestros trabajos, nuestras amistades, nuestras crianzas… que incluyen nuestros proyectos de vida emborronados y vueltos a hacer, nuestros cuerpos… todo eso que en algunos casos sólo requiere una mirada de cariño, complicidad y reconocimiento. Que en otros se va tornando perfecto a base de cambiar unas pequeñas imperfecciones por otras, por esas que nosotras queremos, aceptamos, podemos mirar y tener la seguridad de que es así como las deseamos ver.

todas las cosas imperfectas que hemos analizado, mirado, deseado y elegido en nuestras vidas, somos nosotras. Son nuestras.