“los que se van de omelas”

he leído un cuento que me ha pellizcado de una forma intensa y que no deja de resonar en mi interior. Lo que narra sin duda lo sabemos, lo hemos visto, lo hemos oído, nos es familiar y precisamente por esta razón, es más terrible. Os lo dejo por si no lo conocéis, o para recordarlo y no dejar de reflexionar. Es una obra de Ursula K. Le Guin, recomendable, admirable creadora.

 

los que se van de omelas (Ursula K. Le Guin)

Con un estruendo de campanas que hizo alzar el vuelo a las golondrinas, la Fiesta del Verano penetró en la deslumbrante ciudad de Omelas, cuyas torres dominan el mar. En el puerto, los gallardetes ponían notas multicolores en los aparejos de los buques. En las calles, entre las casas de tejados rojos y paredes encaladas, entre los tupidos jardines y en las avenidas flanqueadas de árboles, ante los enormes parques y los edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran solemnes: ancianos vestidos con ropas grises y malvas, maestros artesanos de rostros graves, mujeres sonrientes pero dignas, llevando en brazos a sus chiquillos y charlando mientras avanzaban. En otras calles, el ritmo de la música era más rápido, un estruendo de tambores y de platillos; y la gente bailaba, toda la procesión no era más que un enorme baile. Los chiquillos saltaban por todos lados, y sus agudos gritos se elevaban como el vuelo de las golondrinas por encima de la ciudad y de los cantos. Todas las procesiones avanzaban ascendiendo hacia la parte norte de la ciudad, hacia la gran pradera llamada Verdecampo, donde chicos y chicas, desnudos bajo el Sol, con los pies, las piernas y los ágiles brazos cubiertos de barro, ejercitaban sus caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún arreo, excepto un cabestro sin freno. Sus crines estaban adornadas con lazos de color plateado, verde y oro. Dilataban sus ollares, piafaban y se pavoneaban; se mostraban muy excitados, ya que el caballo es el único animal que ha hecho suyas nuestras ceremonias. En la lejanía, al norte y al oeste, se elevaban las montañas, rodeando a medias Omelas con su inmenso abrazo. El aire matutino era tan puro que la nieve que coronaba aún las Dieciocho Montañas brillaba con un fuego blanco y oro bajo la luz del Sol, ornada por el profundo azul del cielo. Había exactamente el viento preciso para hacer ondear y chasquear de tanto en tanto los gallardetes que limitaban el terreno donde iba a desarrollarse la carrera. En el silencio de los amplios prados verdes podía oírse cómo la música serpenteaba por las calles de la ciudad, primero lejana, luego más y más próxima, avanzando siempre, un agradable presente difundiéndose en el aire, que a veces reverberaba y  se condensaba para estallar en un inmenso y alegre repicar de campanas.

¡Alegre! ¿Cómo es posible hablar de alegría? ¿Cómo describir los ciudadanos de Omelas?

Entiendan, no eran gentes simples, aunque fueran felices. Pero las palabras que expresan la alegría ya no suenan muy a menudo. Todas las sonrisas se han vuelto algo arcaico. Una descripción tal tiende a afirmar mis presunciones. Una descripción tal tiende a hacer pensar en la próxima aparición del Rey, montado en un espléndido garañón y rodeado de sus nobles caballeros, o quizá en una litera de oro transportada por musculosos esclavos. Pero en Omelas no había rey. No se utilizaban las espadas, y tampoco había esclavos. No eran bárbaros. No conozco las reglas y las leyes de su sociedad, pero estoy segura que éstas eran poco numerosas. Y como vivían sin monarquía y sin esclavitud, tampoco tenían Bolsa de Valores, ni publicidad, ni policía secreta, ni bombas atómicas. Y sin embargo, repito que no eran gentes simples, tranquilos campesinos, nobles salvajes, benévolos utopistas. No eran menos complicados que nosotros. Lo malo es que nosotros poseemos la mala costumbre, animada por los pedantes y los sofistas, de considerar la felicidad como algo más bien estúpido. Sólo el dolor es intelectual, sólo el mal es interesante. Esta es la traición del artista: su negativa a admitir la banalidad del mal y el terrible aburrimiento del dolor. Si no pueden ganarles, únanse a ellos. Si eso duele, vuelvan a comenzar. Pero aceptar la desesperación es condenar la alegría; adoptar la violencia es perder todo lo demás. Y casi lo hemos perdido todo; ya no podemos describir a un hombre feliz, ni celebrar la menor alegría. ¿Podría hablarles yo, en algunas palabras, de los habitantes de Omelas? No eran en absoluto niños ingenuos y felices… aunque, de hecho, sus niños eran felices. Eran adultos maduros, inteligentes y apasionados, cuya vida no era en ningún sentido miserable. ¡Oh, milagro! Pero me gustaría poder ofrecer una mejor descripción. Me gustaría poder convencerles. Omelas resuena en mi boca como una ciudad de cuento de hadas; érase una vez, hace tanto tiempo, en un lejano país… Quizá sería mejor forzarles a imaginarla por ustedes mismos, aunque no estoy segura del resultado, ya que seguramente no podré satisfacerles a todos. Por ejemplo: ¿cuál era su tecnología? No había coches en sus calles ni helicópteros volando sobre la ciudad; y esto provenía del hecho que los habitantes de Omelas son gentes felices. La felicidad se funda en un justo discernimiento entre lo que es necesario, lo que no es ni necesario ni nocivo, y lo que es nocivo. Si se considera la segunda categoría -la de lo que no es ni necesario ni nocivo; la del confort, el lujo, la exuberancia, etcétera-, podrían tener perfectamente calefacción central, ferrocarril subterráneo, lavadoras, y toda esa clase de maravillosos aparatos que aquí aún no hemos inventado: lámparas flotantes, otra fuente de energía distinta al petróleo, un remedio contra el resfriado. Quizá no tuvieran nada de todo eso: es algo que no tiene la menor importancia. Ustedes mismos. Yo me inclino a creer que los habitantes de las ciudades vecinas llegaron a Omelas, durante los días que precedieron a la fiesta, en pequeños trenes rápidos y en tranvías de dos pisos, y que la estación de Omelas es el edificio más hermoso de la ciudad, aunque su arquitectura sea más sencilla que la del magnífico Mercado del Campo. Pero pese a esos trenes, me temo que Omelas no les parezca una ciudad agradable. Sonrisas, campanas, paradas, caballos…, ¡bah!

Entonces, añádanle una orgía. Si les parece útil, añádanle una orgía, no vacilen. Sin embargo, no nos dejemos arrastrar hasta instalar en ella templos de donde surgen magníficos sacerdotes y sacerdotisas enteramente desnudos, ya casi en éxtasis y dispuestos a copular con cualquiera, hombre o mujer, amante o extranjero, deseando la unión con la divinidad de la sangre, aunque esta fuera mi primera idea. Pero realmente, será mejor no tener templos en Omelas… al menos no templos materiales. Religión sí, clero no. Esas hermosas personas desnudas pueden sin duda contentarse con pasear por la ciudad, ofreciéndose como soplos divinos al apetito de los hambrientos y al placer de la carne. Dejémosles unirse a las procesiones. Dejemos que los tambores resuenen por encima de las parejas copulando, dejemos los platillos proclamar la gloria del deseo, y que (y este no es un extremo que haya que olvidar) los hijos nacidos de tales deliciosos rituales sean amados y educados por toda la comunidad. Una cosa que sé que no existe en Omelas es el crimen. ¿Podría ser de otro modo? Al principio pensaba que no existían las drogas, pero esta es una actitud puritana. Para aquellos que lo desean, el insistente y difuso dulzor del drooz puede perfumar las calles de la ciudad, el drooz que primero aporta al cuerpo y a la mente una gran claridad y una increíble ligereza, y luego, tras algunas horas, una ensoñadora languidez, y finalmente visiones del verdadero arcano y de los más grandes secretos del Universo, al tiempo que excita los placeres del sexo más allá de toda la imaginación… y no crea hábito. Para aquellos que tienen gustos más modestos, imagino que debe existir la cerveza. ¿Qué otra cosa puede hallarse en la radiante ciudad? El sentido de la victoria, por supuesto, la celebración del valor. Pero, puesto que no tenemos clérigos, no tengamos tampoco soldados. La alegría que nace de una victoria carnicera no es una alegría sana; no le convendría aquí; está llena de horror y no posee ningún interés. Un placer generoso e ilimitado, un triunfo magnánimo experimentado no contra algún enemigo exterior, sino en comunión con lo más justo y más hermoso que hay en la mente de todos los hombres, y con el esplendor del verano dominando el Mundo: eso es lo que hincha el corazón de los habitantes de Omelas, y la victoria que celebran es la victoria de la vida. Realmente, creo que no hay muchos que sientan la necesidad de tomar drooz. 

La mayor parte de las procesiones han alcanzado ya Campoverde. Un maravilloso aroma a comida escapa de las tiendas rojas y azules tras los tenderetes. Los rostros de los niños están llenos de dulce. Unas migajas de un sabroso pastel permanecen prisioneras en la barba gris de un hombre de rostro placentero. Los chicos y las chicas han montado en sus caballos y van agrupándose cerca de la línea de salida de la carrera. Una vieja mujer, menuda, gorda y sonriente, distribuye flores de una gran capa, y la gente se las mete entre sus brillantes cabellos. Un niño de nueve o diez años permanece sentado al borde de la multitud, solo, tocando una flauta de madera. Las gentes se detienen a escucharle, le sonríen, pero no le dicen nada, ya que él no deja de tocar y ni siquiera les ve, sus ojos obscuros están perdidos en la suave y ondulante magia de la melodía.

De pronto, se detiene y baja las manos que sostienen la flauta de madera.

Como si ese pequeño silencio personal fuera la señal, una trompeta deja oír su vibrante sonido desde la tienda que se halla junto a la línea de partida: imperiosa, melancólica, penetrante. Los caballos patalean y se agitan. Tranquilizadoramente, los jóvenes jinetes acarician el cuello de su montura y murmuran palabras halagadoras: “Tranquilo, tranquilo, vas a ganar, estoy seguro…”. Comienzan a formar una hilera a lo largo de la línea de partida. La multitud que bordea el campo de carreras da la impresión de una pradera de hierba y flores agitada por el viento. La Fiesta del Verano acaba de comenzar.

¿Creen ustedes todo esto? ¿Aceptan la realidad de esta celebración, de esta ciudad, de esta alegría? ¿No? Entonces déjenme describirles algo más.

En el subsuelo de uno de los magníficos edificios públicos de Omelas, o quizá en los sótanos de una de esas espaciosas mansiones privadas, hay un cuarto. Su puerta está cerrada con llave, y no tiene ninguna ventana. Un poco de polvorienta luz se filtra en su interior por los intersticios de las planchas de otra ventana recubierta de telarañas en algún lugar al otro lado de la puerta. En un rincón del pequeño cuarto hay dos escobas hechas con ramas duras, llenas de mugre, de olor repugnante, colocadas cerca de un oxidado cubo. El suelo está sucio, es húmedo al tacto, como suelen serlo generalmente los suelos de los sótanos. El cuarto tiene tres pasos de largo por dos de ancho: apenas una alacena o un cuarto trastero abandonado. Hay un niño sentado en este lugar. Puede que sea un niño o una niña. Parece tener unos seis años, pero de hecho tiene casi diez. Es un retrasado mental. Quizá naciera deficiente, o tal vez su imbecilidad sea debida al miedo, a la mala nutrición y a la falta de cuidados. Se rasca la nariz y a veces se manosea los dedos de los pies o el sexo, y permanece sentado, acurrucado en el rincón opuesto al cubo y a las dos escobas. Tiene miedo de las escobas. Las encuentra horribles. Cierra los ojos, pero sabe que las escobas siguen estando allá; y la puerta está cerrada con llave; y nadie vendrá. La puerta permanece siempre cerrada, y nadie viene nunca, excepto algunas veces -el niño no tiene la menor noción del paso del tiempo-, algunas veces en que la puerta chirría horriblemente y se abre, y una persona, o varias personas, aparecen. Una de ellas entra a veces y golpea al niño para que se levante. Las demás no se le acercan nunca, pero miran al interior del cuarto con ojos de horror y de disgusto. La escudilla y la jarra son llenados apresuradamente, la puerta vuelve a cerrarse con llave, los ojos desaparecen. Las gentes que permanecen en la puerta no dicen nunca nada, pero el niño, que no siempre ha vivido en aquel cuarto y puede recordar la luz del Sol y la voz de su madre, habla algunas veces. “Seré bueno -dice-. Por favor, déjenme salir. ¡Seré bueno!”. Ellos no contestan nunca. Antes, por la noche, el niño gritaba pidiendo ayuda y lloraba mucho, pero ahora no hace más que gemir suavemente, ”mhmm-haa, mhmm-haa, y habla menos cada vez. Está tan delgado que sus piernas son puros huesos y su vientre una enorme protuberancia; vive de medio bol de harina y manteca al día. Está desnudo. Sus muslos y sus posaderas no son más que una masa de infectas úlceras, y permanece constantemente sentado sobre sus propios excrementos.

Todos saben que está allá, todos los habitantes de Omelas. Algunos comprenden por qué, otros no, pero todos comprenden que su felicidad, la belleza de su ciudad, el afecto de sus relaciones, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus sabios, el talento de sus artistas, incluso la abundancia de sus cosechas y la clemencia de su clima dependen completamente de la horrible miseria de aquel niño.

Generalmente esto les es explicado a los niños cuando tienen entre ocho y doce años, cuando se hallan en edad de comprender; y la mayor parte de los que van a ver al niño son jóvenes, aunque hay también adultos que acuden a menudo a verle, a veces de nuevo. No importa el modo cómo les haya sido explicado, esos jóvenes espectadores se muestran siempre impresionados y disgustados por lo que ven. Sienten el desaliento, al que siempre se habían creído superiores. Sienten la cólera, el ultraje, la impotencia, pese a todas las explicaciones. Les gustaría hacer algo por el niño. Pero no hay nada que puedan hacer. Si el niño fuera conducido a la luz del Sol, fuera de aquel abominable lugar, si fuera lavado y alimentado y reconfortado, sería sin la menor duda una gran cosa; pero si se hiciera esto, toda la prosperidad, la belleza y la alegría de Omelas serían destruidas a la siguiente hora. Ésas son las condiciones. Cambiar toda la bondad y alegría de Omelas por esa simple y mínima mejora: rechazar la felicidad de miles de personas por la posibilidad de la felicidad de uno solo: sería dejar ingresar el crimen en la ciudad.

Las condiciones son estrictas y absolutas; ni siquiera hay que decirle una palabra amable al niño.

A menudo los jóvenes entran llorando en sus casas, o inundados de una contenida rabia, cuando han visto al niño y afrontado aquella terrible paradoja. Pueden irla asimilando durante semanas o incluso años. Pero con el tiempo empiezan a darse cuenta que, incluso si el niño fuera liberado, no obtendría gran cosa de su libertad: un pequeño y vago placer de calor y alimento, por supuesto, pero no mucho más. Es demasiado deficiente y estúpido como para conocer la menor alegría real. Ha vivido durante demasiado tiempo en el miedo para verse alguna vez liberado de él. Sus costumbres son demasiado salvajes para que pueda reaccionar ante un trato humano. De hecho, tras tanto tiempo, se sentiría indudablemente desgraciado sin paredes que le protegieran, sin tinieblas para sus ojos, sin excrementos sobre los que sentarse. Sus lágrimas ante tan cruel injusticia se secan cuando empiezan a percibir y a aceptar la terrible justicia de la realidad. Y sin embargo son sus lágrimas y su cólera, su tentativa de generosidad y el reconocimiento de su impotencia, lo que tal vez constituya la auténtica fuente del esplendor de sus vidas. Entre ellos no existe la felicidad insípida e irresponsable. Saben que ellos mismos, al igual que el niño, no son tampoco libres. Conocen la compasión. Es la existencia del niño, y su conocimiento de tal existencia, lo que hace posible la nobleza de su arquitectura, la fuerza de su música, la grandiosidad de su ciencia. Es a causa de este niño que son tan considerados con sus propios hijos. Saben que si aquel ser tan miserable no estuviera allá, lloriqueando en las tinieblas, el otro, el que toca la flauta, no podría interpretar aquella gozosa música mientras los jóvenes y magníficos jinetes se alinean para la carrera, bajo el Sol de la primera mañana del verano.

¿Creen ahora en ellos? ¿No les parecen mucho más reales? Pero aún queda algo por decir, y esto es casi increíble.

A veces, uno o una de los adolescentes que acuden a ver al niño no regresa a su casa para llorar o rumiar su cólera; de hecho, no regresa nunca a su casa. Algunas veces también, un hombre o una mujer adulto permanece silencioso durante uno o dos días, y luego abandona su hogar. Esas gentes salen a la calle y avanzan, solitarios, a lo largo de ella. Siguen andando y abandonan la ciudad de Omelas. Todos ellos se van solos, chico o chica, hombre o mujer. Cae la noche; el viajero debe atravesar poblados, pasar entre casas de iluminadas ventanas, luego hundirse en las tinieblas de los campos. Solitario, cada uno de ellos va hacia el oeste o hacia el norte, hacia las montañas. Y siguen. Abandonan Omelas, se sumergen en la obscuridad, y no vuelven nunca. Para la mayor parte de nosotros, el lugar hacia el cual se dirigen es aún más increíble que la ciudad de la felicidad. Me es imposible describirlo. Quizá ni siquiera exista. Per, sin embargo, todos los que se van de Omelas parecen saber muy bien hacia dónde van.

control de esfínteres, control de la infancia

cuantas más familias pasan por mi espacio y por mi vida, más profunda se hace mi reflexión en cuanto a la forma en que se aborda el control de esfínteres desde las escuelas infantiles. Considero que no sólo estamos cometiendo un grave error: en muchos casos estamos creando problemas, complejos, de varias dimensiones y difíciles de detectar y abarcar en un futuro.

el control de esfínteres es una función fisiológica, mediada por la maduración. En general, cualquier información basada en la evidencia que consultemos indicará que para ser capaz de controlar los esfínteres debe poder controlarse la musculatura relacionada, lo que implica un grado adecuado de consciencia, así como de desarrollo neurológico de las estructuras responsables de todo el proceso. Incluso podemos leer, o escuchar, que este crecimiento se completa entre los dos y los cuatro años (lo que significa realmente que comienza sobre los dos años -no necesariamente a los dos años- y la mayoría de las criaturas son lo suficientemente maduras para controlar los esfínteres alrededor de los cuatro años).

lo que se impone, sin embargo, es que todas las criaturas que se incorporen a la escuela infantil, deben controlar esfínteres. No se permiten excepciones, no se contempla la naturaleza de esas niñas y esos niños que comienzan por primera vez a ir al colegio. A lo sumo, se hace la vista gorda un par de meses, si a algunos progenitores les da por seguir poniendo pañales a sus retoños, ante la desoladora perspectiva de ir una o dos veces durante la mañana a cambiarles de ropa. En algunos casos, incluso se argumentan retrasos madurativos, se hace hincapié en la anormalidad que conlleva el hecho de que un niño, o una niña, no sepan aún cuándo tienen ganas de ir al baño. Anormalidad que no es tal, recordemos. No es anormal que las criaturas con tres años no controlen, o no controlen adecuadamente, sus esfínteres. De hecho, no sólo no es anormal, sino que es completamente normal.

la realidad de la que estamos hablando es que cuando comienzan el período escolar, hay criaturas que aún no han completado su tercer año de vida. Hay criaturas que nunca se han separado de su madre, su padre o una figura cercana de cuidado. Hay criaturas que hablan perfectamente y otras que apenas articulan frases de dos palabras. En resumen, todas se hallan en un período significativo de sus vidas, en el que se están produciendo numerosos cambios, aprendizajes, algunos espontáneos, otros forzados, algunos bien recibidos, otros que cuestan mucho esfuerzo.

en esta tesitura, se les obliga a despojarse de un elemento de seguridad, como puede ser su pañal o su braguita de aprendizaje; los denomino como elementos de seguridad porque sin ellos, las niñas y los niños están a la intemperie de sus necesidades fisiológicas: si no se dan cuenta, o si no son capaces de manifestar su premura por ir al baño, se mojarán y/o ensuciarán, en ese entorno completamente desconocido y puede que aún hostil, con un montón de personas que no han visto nunca, sin un apego sólidamente construido aún en torno a su maestra o maestro. Y no sólo experimentarán esta exposición, sino también la vergüenza al ver cómo se les señala, la recriminación o al menos el recordatorio de que “han hecho mal”, el desamparo de esperar con la ropa mojada o sucia a quien pueda cambiarles… Con todo, todo lo que eso va a operar sobre su percepción del colegio, sobre su autoconcepto y con la repercusión sobre la composición del mundo y de las relaciones que están creando.

se trata de una época que pasa, pasa rápidamente y a menudo las personas adultas no somos ni siquiera conscientes de lo que ha ocurrido, porque es un punto muy concreto en la biografía de nuestras hijas y nuestros hijos. Pero para ellas y ellos, que están construyendo su personalidad, su autoestima, su forma de ver y relacionarse con el mundo y las demás personas, no es un punto insignificante. Puede suponer, cuando menos, memorias verbales y no verbales grabadas en su interior y en los peores casos, la necesidad de hacer un trabajo posterior para volver a conectar con sus cuerpos y adquirir una verdadera consciencia y un verdadero control de sus esfínteres, ya que se han habituado a que ese control se haga externamente (otras personas les llevan al baño) y de forma artificial (con un horario pautado y no a expensas de sus sensaciones y su capacidad para esperar a llegar al baño).

y yo me pregunto, ¿se ha contemplado este asunto desde esa perspectiva, la de una criatura y lo que experimenta en esas situaciones? ¿se tiene en cuenta la evidencia científica y el hecho de que una criatura de tres años es una persona, digna de respeto, empatía y dignidad? ¿podría tratarse el control de esfínteres de una manera mucho más respetuosa, consciente, lógica, amable? ¿cómo pensar que no? a menudo cuando conozco historias de criaturas en estas situaciones, me pregunto, ¿por qué se ha establecido así esta norma? ¿a quién puede beneficiar, o incluso dejar de perjudicar? me gustaría entablar un diálogo cordial con alguna figura docente, que me desvele aspectos que yo no he contemplado, o que se haga a su vez estas preguntas. Y ante todo, anhelaría poder encontrar respuestas. O fabricarlas.

fantasmas

“me desperté de repente, sin que hubiera ocurrido nada que me pudiera haber alarmado. En mitad de la noche. Miré que el móvil, que siempre tengo a mi lado en la mesita, marcaba las 5:00 de la madrugada. Llevaba varias noches despertándome, contra mi hábito de dormir del tirón desde que recuerdo; actualmente sólo despertar ya me agobia, me incordia, porque inevitablemente me vienen cosas a la cabeza, cosas que no quiero pensar y menos de madrugada. De inmediato, casi sin darme tregua, una oleada de tensión me recorrió el cuerpo y se paró en mi garganta, impidiéndome tomar aire con normalidad. Lo intenté varias veces, pero el aire no entraba, se atascaba; empezaron los pinchazos en el pecho y esa serpiente que me recorre desde las piernas hasta la cabeza. Me incorporé en la cama; cuando me siento así, sentarme, ver el mundo en vertical, me ayuda. Pero esta vez venía fuerte. Me erguí, tratando de que cada bocanada de aire entrara con profundidad en los pulmones, pero algo en mi garganta se negaba. Entonces noté cómo miles de hormigas se adueñaban de mis manos y subían por mis antebrazos y me asusté. Salté de la cama, diciéndome que no tenía nada que temer, que estaba todo bien, que no iba a pasarme nada. Que era mi ansiedad. Sólo me ha ocurrido algo así un par de veces más en mi vida, una crisis de ansiedad que llegara hasta donde estaba llegando esa noche. Hasta lo más profundo de mí. A atemorizarme, a preocuparme, a atenazarme. Llegué al salón y abrí de par en par la ventana; el aire agradable del verano me dio en la cara y me alivió el hormigueo de los brazos. En esos momentos estaba muy asustada. Sólo me repetía una vez y otra que no era grave, que no iba a ocurrirme nada, que esto iba a pasar. Apoyada en el alféizar, empecé a practicar mis ejercicios de respiración, que tanto me había fastidiado repetir sesión tras sesión. Iba contando tiempos para que el aire penetrara en mis pulmones a un ritmo lento, pausado, que alcanzara el diafragma, que saliera también despacio y me fuera inundando de paz. Me resultaba dificilísimo, tuve que ponerme a caminar por la casa a oscuras, como un fantasma en medio de la noche, visualizando números a la vez que cogía aire y lo soltaba. Me iba procurando hablar sosegadamente a la vez, pero llegaron los leves mareos y con ellos, el miedo. Conseguir controlar mi respiración, que no se desbocara, que entrara hasta dentro y no se quedara en mi garganta, que no me apretara el pecho como si tuviera un peso enorme encima, me costó mucho. Cuando por fin dejé de estar asustada, imágenes, pensamientos, palabras de esa última temporada de mi vida, se hicieron visibles en mi cabeza. Yo sabía por qué me estaba ocurriendo esto. Y sabía que era cuestión de tiempo y trabajo que dejara de atormentarme hasta el punto de materializarse en mi cuerpo. Poco a poco, me fue posible dejar de caminar por la casa, apoyarme de nuevo en la ventana y respirar con más tranquilidad el aire de la parte final de la noche. El incipiente tráfico, algunas personas que cruzaban solitarias la avenida, los sonidos de la ciudad amaneciendo, fueron contribuyendo también a calmarme. Finalmente, me vi capaz de tomar una ducha sin que me temblaran las manos. Bajo el agua caliente acaricié mis heridas, me di las gracias, pensé cuánto me había sostenido y cuidado aquella noche, yo sola, a mi misma, sin juzgarme, sin castigarme y me sentí orgullosa. He llegado a amarme de verdad. A contenerme de verdad. A comprenderme y aceptarme de verdad. Y todo gracias, en parte, a mi ansiedad.”


la ansiedad es una aliada, que nos avisa de los peligros y nos prepara para afrontarlos, hasta que, por determinadas circunstancias de nuestra vida, se desajusta y se convierte en una tortura. Los mecanismos por los que nuestros cuerpos desatan los síntomas de ansiedad están programados para que, lejos de provocarnos sensaciones negativas, nos ayuden en aquellas situaciones en que se nos pone a prueba. Lo que ocurre es que no es difícil, en este entorno que hemos construido para la vida, que enviemos señales confusas de qué es un peligro real y qué no, de forma que, sin pedirlo ni quererlo, nos encontramos padeciendo síntomas, sin tener verdaderamente que enfrentarnos a una amenaza para nuestra integridad física. Por eso resulta útil explorar qué nos está pasando por la cabeza, en qué estamos pensando, cuando notamos pesadez en el pecho, hormigueo en los brazos, sensación de que nos falta el aire o nos cuesta respirar, náuseas, mareos… inmensas ganas de escapar corriendo. Porque probablemente hemos asociado dolores, temores, profundos desagrados, sufrimiento… con los mecanismos con los que nuestra naturaleza nos protege cuando nuestra vida está en riesgo.

quizá el texto del comienzo describe de forma más o menos similar lo que os ha pasado, os está pasando, teméis que os vuelva a pasar. Me gustaría que esas palabras no sólo narren qué puede experimentar alguien con un ataque de ansiedad y nos hagan sentir menos soledad, sino que puedan convencer de que se trata de un problema con solución, si se identifica, se diagnostica y se trata adecuadamente. Los fármacos, que con tanta presteza se recetan, pueden constituir sin duda un apoyo muy eficaz, pero sin un trabajo psicoterapéutico detrás, tal vez resulte muy difícil abandonar esa ayuda sin recaer en los síntomas que nos generan tanto malestar.

mirar a nuestros fantasmas de frente es imprescindible. Podemos posponerlo por un tiempo, pero al final, nos los encontramos de forma definitiva en algún lugar del camino, para que podamos acogerlos y dejarlos atrás definitivamente. Sólo se trata de aprovechar la oportunidad.

miedo

el miedo es una sensación incómoda. Y sin embargo, inevitable. ¿Quién no ha sentido -siente- miedo?

de una forma académica y aséptica, podemos decir que se trata de una emoción básica, que es la manera que tiene nuestro cerebro de alertarnos ante una situación que puede poner en peligro nuestra integridad. Más terrenalmente, sabemos que el miedo, en sus manifestaciones de ansiedad y pensamientos aprensivos, limita en ocasiones nuestras acciones, la materialización de nuestros deseos y nuestra marcha por la vida.

es frecuente, al tratar con el miedo, pensar en medidas que impliquen enfrentarnos a él. A menudo, ante los temores de nuestras criaturas, insistimos en que “se enfrenten”, “luchen”, “los combatan”. Insistimos en contemplarlo -y transmitir una visión del mismo- como un enemigo a batir, una sensación a eliminar. Algo que no debe estar. Acentuando, involuntariamente, la tendencia a negarlo -porque hacerlo desaparecer es mucho más difícil desde la resistencia y la lucha, que desde la aceptación.

Para que nuestro miedo se atenúe y no nos impida hacer, es imprescindible, en primer lugar, aceptarlo. Mirarlo, reconocer sus recovecos, las caras, que nos pueden mostrar, a su vez, las razones de que exista. Así también podremos darnos cuenta de si se trata de un miedo justificado en un motivo real -en lo que, en realidad, habrá entonces que concentrarse- o encierra aspectos menos trascendentes, aprendidos -no por ello menos interesantes de abordar-.

como (casi) siempre que percibimos amenazas, o interferencias, en nuestro bienestar, la solución pasa por considerar de forma consciente, responsable, qué hay ahí; esta acción es ya un tranquilizante en sí misma. Y facilitará una disposición mucho más adecuada, así como la materialización -o la búsqueda- de herramientas que nos permitan sentirnos mejor y continuar el camino de una forma más apacible. Si lo deseamos.

decía Woody Allen ”el miedo es mi compañero más fiel, jamás me ha engañado para irse con otro”. Es más amable no rechazar lo que forma parte nuestra, sin más; en general, resulta más acertado integrarlo y aprender, por fin, a con-vivir bien con lo que somos.

querer-nos

la autoestima consiste en algo muy sencillo: tenemos todo el valor, sólo por existir. Simplemente por esa razón. No por qué tipo de personas somos, ni por qué hacemos, ni por lo que tenemos, ni por cómo nos comportamos.

me fascina la teoría de la personalidad rogeriana, que se basa en la capacidad, sin distinción, de tender a la mejor versión, aprovechando todo lo que se nos brinda y lo que podemos conseguir de nuestro entorno. Me parece maravillosa esta perspectiva y complementaria absolutamente, del verdadero significado de autoestima. Es decir, cualquier persona puede conseguir lo máximo, si tiene la situación y los requisitos para ello. Cualquier persona nace con todo el potencial y da de sí tanto como le es posible, teniendo en cuenta lo que encuentra a su alrededor. Algo así como esas plantas que nacen en medio de un pedregal y aún en las condiciones más duras, crecen y  florecen; no serán tan altas, ni tan frondosas, ni tan vistosas, como las que se encuentran en medios más favorables: serán lo mejor que pueden ser con lo que disponen. Y lo más importante, es que “lo mejor” no tiene definición, es variable, diverso, tanto como personas existen. Y tampoco tiene un límite, “lo mejor” siempre puede estar por venir.

cuando sabemos que vamos a ser madres, o padres, comienza a tomar vida, de forma paralela a la criatura que se está formando, un hijo o una hija, en nuestra mente.  Esa criatura imaginaria contiene todo lo que deseamos para la real: se parece a una u otra persona y posee las cualidades que nos parecen importantes, todas. Una vez que la criatura real ocupa su puesto, es habitual que las diferencias entre lo que habíamos proyectado y la presencia de nuestra hija, de nuestro hijo, nos provoquen sentimientos contradictorios. ¡Esa no era la hija o el hijo que esperábamos! Se trata de un proceso habitual, durante el cual puede ser apasionante conocer, aceptar y valorar, a la vez que guiamos y ayudamos a nuestras criaturas a ser la mejor versión que puedan. O por el contrario, podemos obstaculizar ese camino, tratando de meterlas a la fuerza en el molde que habíamos creado, o en cualquier otro molde prefabricado.

así, todas, todos, nacemos con una autoestima intacta y a medida que vamos creciendo, esa autoestima se va reforzando o por el contrario, comienza a disminuir. Se refuerza cuando nos hacen sentir bien, simplemente por ser; aunque nos equivoquemos (o precisamente por ello), aunque en nuestro carácter haya asperezas (algunas de las cuales se podrán pulir, si contamos con los elementos adecuados en nuestro entorno), aunque haya ocasiones en que nos indiquen que cometemos errores, o nos percatemos de ello. Disminuye cuando debemos ser alguien diferente, cuando debemos cumplir expectativas para sentir que nos aprecian; cuando nos hacen ver que equivocarse no está permitido o que “es de perdedores”, cuando nos hacen sentir que nuestros defectos nos deprecian, cuando nos ponen listones, o modelos, ajenos.

es complicado recuperar la autoestima perdida, porque por lo general, se ha ido reduciendo a fuerza de convencernos de que “no estamos bien”, “no somos lo suficientemente buenos”, “somos un desastre”, “no somos dignos de que nos quieran ni se queden a nuestro lado”…. no somos como deberíamos ser. En gran medida, solemos reproducir los procesos cuando consideramos que alguien vale mucho por lo que ha conseguido, por lo que tiene, por cómo se comporta… fabricando círculos viciosos y bucles continuos, en los que nos quitamos valor sistemáticamente unas personas a otras.

entonces ¿no hay esperanza?

por supuesto que sí. Sólo hay que pararse y volver a considerar en qué consiste querer .Queremos a alguien cuando no vemos más allá de esa persona, no nos importa qué puesto ocupa, sus posesiones materiales o sus títulos universitarios. No ver más allá implica reconocerla como alguien que es lo mejor que puede ser y quererla así, porque nos gusta así, sin que cambie nada. Alegrándonos con sus alegrías, apenándonos con sus tristezas, acompañándola cuando así lo deseemos. Procurando, si lo queremos, que haya en el entorno las mejores condiciones para que la persona pueda crecer lo mejor posible. Celebrando con ella ese crecimiento, sus elecciones, sus equivocaciones, sus logros. Eso es querer.

también lo podemos traducir a la primera persona. Sólo hay que pararse y volver a considerar en qué consiste querernos. No ver más allá de lo que somos, el puesto que ocupemos, nuestras posesiones materiales o títulos universitarios. Reconocernos como alguien que es lo mejor que puede ser y querernos así, sin cambiar nada. Procurar que haya en nuestro entorno las mejores condiciones para que podamos crecer lo mejor posible. Y celebrando nuestro crecimiento, cada elección, cada equivocación, cada logro. Eso es querernos.

tan fácil y tan difícil, porque requiere desaprender lo erróneo y aprender lo acertado. Eso sí, nunca es tarde. Aunque sea duro.

diagnóstico: trastorno mental

he visto las caras de muchas personas, profesionales y no, ante casos o diagnósticos de trastorno mental. A menudo adquieren expresiones de alarma, pánico, frustración, pena… tener un trastorno mental estigmatiza, coloca una marca muy grande encima de la persona que lo padece, que hace que quien lo sepa no vuelva a mirarla igual, ya nunca más.

¿no es eso injusto? la mayoría de las personas con trastorno mental pueden desarrollar una vida totalmente normal: pueden vivir solas, hacerse cargo de sí mismas, de sus casas, desempeñar con competencia actividades y trabajos, desplazarse, disfrutar del ocio y las aficiones, relacionarse con otras personas. Algunas deben seguir una serie de pautas, trabajar aspectos de sí mismas, tomar algún medicamento, evitar ciertos hábitos… exactamente igual que muchas otras personas que tienen cualquier otra afección (por ejemplo, diabetes, hipertensión, alergias…). Sin embargo, frecuentemente pueden verse obligadas a ocultar sus problemas, por miedo a que el estigma las aplaste, en ocasiones incluso a costa de que, a falta de un adecuado abordaje, los síntomas empeoren y acaben, entonces sí, con las personas que son.

todo ello es fruto de cómo se ha contemplado y se contempla la diversidad de cualquier tipo. Y del desconocimiento y la divulgación falsa y sesgada acerca de la enfermedad mental que ha sido -y es- constante. Por mucho que las profesiones ligadas a la salud mental repitan y hagan hincapié en que padecer un trastorno mental no conlleva criminalidad, incapacidad -más allá de algunos casos específicos-, incompetencia… por mucho que se insista en que todas las personas tenemos peculiaridades, aspectos negativos, comportamientos que molestan a otras o manifestaciones que puedan no gustar padezcamos o no un trastorno mental, el etiquetaje negativo, terrible, permanece.

en ocasiones, efectivamente, la persona oculta lo que le pasa, porque teme que el diagnóstico sirva como aislador social. Probablemente ellas mismas lo viven como algo que las separa de la normalidad. Tenemos tan interiorizado que “estar loco” es sinónimo de exclusión, es malo, es rechazable, que la persona que experimenta los síntomas de un trastorno mental puede sentir la necesidad de esconderlo (e ignorarlo), como si eso los hiciera desaparecer. Como esas otras personas que notan síntomas sospechosos y no van a su centro de salud hasta que ya es demasiado tarde para tratar, por ejemplo, un cáncer. Por el temor a dejar de ser ellas mismas -tanto por lo que pueda implicar el trastorno y lo que tenemos asumido que es una enfermedad mental, como por la mirada de su entorno-.

otras veces, las personas son diagnosticadas -otro capítulo es la calidad del diagnóstico…- pero no son tratadas adecuadamente. Está comprobado por multitud de resultados clínicos, que la psicoterapia es el tratamiento más eficaz para cualquier trastorno mental, acompañada o no -eso depende del trastorno- por tratamiento farmacológico. Sin embargo, este último es habitualmente la terapia de elección, incluso para trastornos que no tienen una buena evolución con psicofármacos y prácticamente no se facilita -ni siquiera se informa- del éxito de evolución y pronóstico con psicoterapia.

tener un trastorno mental no es el fin del mundo. Su correcto diagnóstico y adecuado abordaje, puede ser, por el contrario, el comienzo de uno distinto, mejor, más acorde con lo que sentimos, percibimos, necesitamos… Todo depende de cómo se actúe para llegar y a partir del diagnóstico, con qué profesionales contamos, qué hay ya alrededor del trastorno y cuánto trabajo por delante.

es imprescindible eliminar el estigma alrededor de los trastornos mentales. El estigma alrededor de cualquier diversidad que nos provoca perplejidad porque no nos han preparado para aceptar lo diferente, sino para acoplarnos -como sea- al molde al uso. Es imprescindible aprender y enseñar a romper moldes.

¿hacer terapia?

en general, se piensa en la salud mental desde la perspectiva de enfermedad, de forma que no se la suele tener en cuenta, no es usual que alguien acuda a la psicología ni a la psiquiatría si no es porque se ha dejado de tener esa salud mental (o lo supone). Más aún, no es extraño que quien tiene problemas psicológicos, lo oculte, intente ignorarlo, o recurra a cualquier otro recurso, antes que a la consulta profesional.

“claro -puede que quien me lea esté pensando- así como no vamos al centro de salud, o al hospital, a menos que sospechemos enfermedad física”. En cierto sentido, esto no deja de ser cierto; sin embargo, desde hace ya un tiempo, existe un enfoque de promoción de la salud -física- que practicamos hasta sin darnos cuenta y que se debe a la definición que determinó la OMS para el término salud allá por los años 40 del siglo pasado. En el concepto de salud como bienestar bio psico social, más allá de la ausencia de enfermedad, se basaron, a partir de entonces, la organización y el tratamiento de la salud y la enfermedad en el mundo. No obstante y a pesar de que el significado hacía alusión también al apartado mental, éste se ha visto discriminado, minimizado, ninguneado, al circunscribir la salud al aspecto médico.

así, la salud mental se incluye muy de soslayo en la cartera de servicios asistenciales de la sanidad pública, pudiéndose prestar con muy poca calidad y solidez, a causa de la falta de plazas profesionales y el ángulo de visión imperante. No existe promoción de la salud mental, no nos explican ningún término relacionado con ella, no nos enseñan la importancia y mucho menos la posibilidad de trabajar para encontrarnos bien en todas sus facetas. Tampoco se incluye en los programas de prevención y promoción infantil, ni en ninguna etapa de la vida, la revisión de la salud mental. Ni se fomenta, a otros niveles, a pesar de que existen recursos privados adonde acudir, numerosos y diversos, en cualquier ciudad de nuestro país.

sin embargo, la salud mental está íntimamente imbricada en nuestra sensación y nuestro potencial de bienestar. Nuestro estado de ánimo, el potencial cognitivo, la condición emocional, nuestra personalidad, la forma de ver y relacionarnos con el mundo, con las personas, con los acontecimientos, nuestra manera de entender y practicar la sexualidad… determinan nuestro bienestar. Influyen sobre él, lo configuran y en algunos casos, lo condenan.

entonces ¿cómo identificar cuándo sería adecuado consultar psicológicamente? Quizá el mero hecho de preguntarse si estaría indicado, puede ser una señal de que efectivamente, así sea. Que se vean afectadas áreas de la vida, el trabajo, la convivencia, las relaciones; ser consciente de que ha habido cambios -o se han hecho visibles aspectos- que provocan nuestro malestar, o interfieren claramente en nuestro funcionamiento. No ver salidas. Sentir que los pensamientos negativos nos acucian y despiertan nuestros temores, nos paralizan o nos empujan a actuar de formas no deseables o deseadas.

no sólo hay que examinar detenidamente qué nos está pasando. A menudo hay que lidiar con todos los prejuicios acerca de qué conlleva consultar psicológicamente. “Yo no estoy loco”, “eso le pasa a otras personas, no a mí”, “hablando no van a solucionar mi problema”… La terapia no es un tratamiento para la locura (¿qué es la locura?), debería ser un espacio en el que exponer lo que nos está preocupando o haciendo sentir mal y alcanzar una resolución, por diferentes vías y con distintas consecuencias. Hacer terapia no es hablar, aunque la palabra toma un lugar privilegiado -en muchos casos un lugar que nunca ha ocupado- y ayuda a liberarse y a encontrar preguntas y respuestas donde antes había vacíos, pensamientos negativos, miedos. Se trata de un aprendizaje acerca de la propia persona, de acuerdo a quién es y qué desea hacer.

y ¿qué pedirle al psicólogo, a la psicóloga? ante todo, honestidad. En la comunicación, cuando nos explique en qué consiste el trabajo y cómo lo lleva a cabo. En cómo llega a las conclusiones, qué proceso sigue, dónde se apoya y cómo explican esto la psicología y la ciencia. En qué vamos a perseguir y cómo vamos a alcanzar los objetivos -por mínimos que sean, también depende de qué desea la persona-, mediante qué pasos, técnicas, instrumentos y medios. Y honestidad en la ejecución de su labor, refrendada por una formación que no deje lugar a dudas ni a abstracciones. Como solemos decir, “basarse en la evidencia (científica)”.

si estás dudando sobre hacer terapia o no, quizá lo más adecuado es ir. Probar, dar un paso. Casi nada es irreversible en la vida, siempre se puede dar marcha atrás. Pero dar un paso, hacia esa dirección, puede ser determinante, un punto de inflexión que se convierta en un hito que configure un antes y un después y un futuro mucho mejor. Y sin ninguna duda, es cuidarse.

las 4 cosas

hace un tiempo, al referirse a la forma de ser y comportarse de las personas, alguien me contó que creía que lo imprescindible es tener las 4 cosas. No sé si en algún momento me especificó cuáles eran exactamente, aunque me parece que le entendí bastante bien y estuve básicamente de acuerdo.

me ha resultado oportuno rescatar su expresión, para escribir sobre mi punto de vista acerca de los aspectos esenciales a la hora de criar y educar. Porque para mí, efectivamente, lo imprescindible se puede resumir en 4 cosas:

que piensen

sin duda el que tengo por máximo objetivo, que encierra a todos los demás, éstos y cualesquiera que se puedan tener.

si alguien me preguntara qué único deseo proyecto para mis hijos, le respondería instantáneamente: que piensen. Que piensen por ellos mismos; sólo pensando se extrae todo el jugo a los acontecimientos, surgen preguntas, se analizan respuestas. Y como pensar está estrechamente ligado a poseer espíritu crítico, puede ser adecuado asumir como tarea favorecerlo, fomentarlo, no acallarlo.

pensando, se llega.

 

que se conozcan

conocer a alguien conlleva ver y saber qué cualidades y qué aspectos negativos posee. Es significativo que al preguntar a las personas sobre sus peculiaridades, una gran cantidad de ellas no sepa responder, o necesite mucho tiempo para dar con ellas. En muchos casos, pienso que se trata de un signo de cómo durante la infancia no se le concede tiempo, ni importancia, a mirar y mirarse, sin juzgar, con el simple objetivo de conocer.

ninguna persona es perfecta, ni es sano aspirar a serlo. Es difícil que una criatura aprenda a mirarse por entero, si crece convencida de que debe encajar en un molde. Más bien aprenderá cómo adaptarse a ese molde, o cómo “aparentar” que encaja. Evitando mirar aquello que no cabe en él, considerándolo “malo” y obviando que lo que no miramos, no desaparece. Igualmente, crecer identificándose únicamente con los aspectos negativos que posee, sin apreciar sus cualidades y la totalidad del conjunto, sólo favorecerá que se defina por sus defectos y olvide potenciar y desarrollar sus capacidades.

imponer un molde a las criaturas es tan sutil, que conviene prestar mucha atención a nuestras palabras y nuestras acciones. La finalidad debería ser que se conozcan, que sepan cómo son de forma integral. Y que está bien que sean así.

 

que se quieran y sepan que se les aprecia incondicionalmente

querer a alguien, incondicionalmente, implica amar a la persona entera, con lo que nos gusta de ella y lo que no.

no es justo condicionar el amor, para ninguna de las partes.

a menudo, las personas que cuidamos y educamos, olvidamos qué es para las criaturas sentirse amadas. Cuando les decimos cómo deben ser, cuando les damos a entender que siendo como son no nos gustan, dejan de sentirse queridas. Algunas veces intentarán ser como sus figuras de referencia queremos que sean, comenzando un calvario de falta de auto-aceptación y un aprendizaje basado en complacer, como moneda de cambio del amor muy, muy peligroso.

en otras ocasiones, su auto-afirmación puede pasar por hacer exactamente lo contrario de lo que les imponemos, marcándose un camino que también llevará a la falta de autoconocimiento y a la autodestrucción, como única salida para sentir que se expresan y que de alguna manera, no hacen lo que se espera de ellas y de ellos (el problema es que tampoco hacen lo que desean).

 

que conozcan y hagan valer sus derechos

para reclamar nuestros derechos y enseñar a nuestras criaturas qué es justo que pidan, primero hemos de conocerlos. Y además, es necesario que los cumplamos ante ellas. Criar y educar con respeto consiste básicamente en esta premisa: conocer, transmitir y velar por los derechos de todas las partes. Por ello, no es conveniente exigir obediencia, ni hacer sacrificios. Por ello, es adecuado considerar las necesidades de todas las partes y procurar la máxima autonomía y cuidado, propio, mutuo y de lo común.

 

estas cuatro cosas tienen que ver con el día a día durante la infancia y la adolescencia, pero sobre todo, pueden constituir unas bases sólidas para las personas adultas que serán nuestros hijos y nuestras hijas. No cabe posponerlas, porque ¿cómo se marca el cuándo empezar?. No se trata de cuestiones arbitrarias, sino, a mi juicio, de una forma de entender la vida y las relaciones. Y la forma de entender la vida y las relaciones sólo se transmite desde el convencimiento.

por eso, cuando le doy vueltas a la pregunta de qué me gustaría para mis hijos, no lo dudo. Yo no quiero “que sean felices” (no sé qué es la felicidad). Quiero para ellos las 4 cosas.

crecer

*la imagen es de Carmen Rodríguez

“moverse es vida”  se ha convertido en su lema, su mantra, su máxima. El movimiento lo ocupa todo, si se para a pensar un momento, lo ha ocupado todo a lo largo de su trayectoria. Siempre la ha inspirado y motivado, ha guiado sus pasos en el trabajo, en el ocio, ha sido su universo.

ha empezado varias veces, en distintos lugares. Cada casa ha sido como un re-inicio y siempre ha pensado -o ha procurado pensar- que cada comienzo era desde cero. Y en cada ocasión ha logrado armar una vida, con un entorno familiar, un contexto rico en vivencias, un trabajo (o varios) y múltiples razones para considerarse afortunada y quedarse.

algunas de esas experiencias se han terminado cuando ha ocurrido algo doloroso, que la ha sacudido y obligado a replantearse ciertos componentes de esos entornos y esos trasfondos. Quizá tanto, que su resumen fue cerrar, borrar, irse. Llegar a este punto nunca fue sencillo, aunque lo parezca escrito aquí; ya tenía raíces, pero eran jóvenes aún, pequeñas, débiles y no es tan complicado arrancarlas y transplantarlas, aun cuando un pedazo siempre se queda en la tierra original y ésta siempre deja fragmentos que van con ella a todas partes.

y a pesar de su firme convicción y su imperativo de movimiento, casi siempre ha dudado si habría hecho mejor permaneciendo, si se ha perdido algo por haberse marchado. Ha pensado en ocasiones en eso que se quedó atrás y en lo que lleva con ella, de cada experiencia, preguntándose qué habría ocurrido.

así que ¿es mejor empezar otra vez o seguir en algún sitio? ¿de verdad se empieza desde cero? ¿crecer consiste en permanecer, o sea como sea, se continúa creciendo? quizá nos hemos hecho estas preguntas alguna vez.

por una parte, crecer tiene que ver con quedarse. Comenzar constantemente, dificulta evolucionar. Cuando comenzamos, siempre se da un período de espera, de contemplación, de embriaguez e inacción o de acciones sin profundidad, sin excesivo compromiso.
cuando empezamos, siempre existe mucho margen de error, que va estrechándose a medida que los nuevos límites y caracteres van mostrándose, marcándose, cobrando identidad. Nos permitimos ir más despacio, relativizamos más.
al principio las relaciones son más fáciles, sólo se van complicando a medida que profundizamos, que rascamos, que vemos y dejamos ver más allá de lo que mostramos sin pudor. Cuando se van sumando experiencias, decepciones, oportunidades, fallos y también confianza, amor, intercambio, enriquecimiento… se van elaborando equilibrios y construyendo redes más o menos consistentes, más o menos sólidas.
al cabo de un tiempo, vamos sabiendo dónde estamos, a quiénes tenemos a nuestro alrededor y nos sostienen (o no) y si puede merecer la pena continuar, quedarse ahí.

cuando decidimos permanecer, tenemos muchas luchas que librar:
contra el lado negativo de la rutina, que amenaza constantemente con restar valor a lo que hacemos; trabajos en los que hay que repetir muchas veces los mismos procedimientos, en los que hay que escuchar opiniones muy alejadas de la nuestra, en los que hay que obedecer instrucciones a pesar de nuestro desacuerdo.
contra la persistencia en algunos vínculos que ya no nos aportan nada, o que no nos interesan, o que reconocemos como dañinos. Que nos resulta muy complicado afrontar y deshacer, reconocer nuestros errores y mostrar lo que no nos gusta, romper, alejarnos.
contra hábitos que nos llegan a pesar, que sabemos que no nos aportan bienestar, que adquirimos por alguna o varias razones, pero que en algún momento vemos que es hora de abandonar, porque esas razones han desaparecido o simplemente ya no tienen la misma trascendencia.
contra recuerdos que nos angustian y nos tironean para que abandonemos y no insistamos, que quizá nos hablan de fracasos y nos infunden miedo en esta nueva aventura que ya tiene un cuerpo y una esencia firmes, que ya nos hace notar sus raíces, pequeñas y débiles, pero capaces de sostener y nutrir.

también puede que tengamos muchos elementos de sujeción; muchas luces, muchas piezas ya en un puzzle que nos parece bonito, atractivo, prometedor. Personas que son redes y trampolines y que llenan nuestra vida y la completan. Ocupaciones y actividades que no son perfectas, pero que nos permiten realizarnos y sentirnos útiles y que compensan. Sitios a los que volver continuamente, creando historias y recuerdos y que nos ligan, que fortalecen nuestras pequeñas raíces para que cada vez nos vinculen más con todo eso.

cuando nos quedamos, tenemos las oportunidades -y las necesidades- de crecimiento, de aprender a lidiar con todas las dificultades, a rechazar lo perjudicial y a organizar lo caótico. De poder elaborar duelos y cerrar etapas y finalizar contactos. De descubrir facetas nuevas en nuestro interior y en las personas y lugares familiares. Desarrollar todo lo que hemos iniciado y gozar con cada parte del proceso y a abrir nuevas posibilidades, proyectos y trayectos.

y aun así, con todos estos bagajes, en ocasiones sentimos la urgencia de irnos. Puede que de repente, o a lo largo de un recorrido, nos atraiga otro lugar. Puede que el peso de todas las batallas actuales nos convenzan de otro comienzo. Puede que la continuidad de nuestro proyecto requiera una mudanza o un incidente nos obligue a un cambio.
¿cómo podemos saber si esa marcha -que en cualquier caso nuestro interior nos requiere- va a favorecer nuestro crecimiento?
es útil tener en cuenta que, hagamos lo que hagamos, no interrumpimos nuestro ritmo necesariamente y cualquier acontecimiento puede impulsarnos. Recordemos que siempre quedan huellas en nosotros y las nuestras perdurarán donde hemos estado. Sí puede ser significativo examinar por qué queremos marcharnos, qué está ocurriendo, de qué necesitamos apartarnos y si es conveniente llevar a cabo antes alguna actividad: finalizar un trabajo, reconciliarnos con alguna persona, terminar una relación, vaciar una casa, despedirnos…  Cerrar el círculo antes de abrir una nueva puerta o asomarnos a otra ventana, contribuirá a que completemos aprendizajes y tengamos una más adecuada preparación para lo nuevo. Huir puede parecer romántico o aparecer como una salida, o la solución, pero es importante reconocer que estamos huyendo y por qué; sobre todo porque en algún momento habrá que revisar esa decisión e indagar qué es preciso tomar en consideración de lo que rodeó a la huida, bien por requerimiento nuestro, bien porque reaparezcan sombras a nuestro alrededor, relacionadas con ella.

el crecimiento requiere movimiento, pausa y sobre todo, consciencia. Crecer suele ser inevitable; tomar las riendas participando y decidiendo, puede ser además, una apasionante aventura.

el origen de la violencia

hace más de cuarenta años, James W. Prescott publicó un interesante artículo, en el que sostenía la hipótesis de que la violencia proviene de la falta de afecto físico en la infancia, interviniendo poderosamente también la libertad en la manifestación sexual a partir de la adolescencia.

para respaldar su teoría aportaba datos que, a pesar de su obviedad una vez nos detenemos a pensarlo un momento, no dejan de sorprendernos, quizá precisamente porque nos hacen caer en la cuenta de qué está ocurriendo a nuestro alrededor y por qué parece tan difícil darle la vuelta.

nos cuenta Prescott acerca de un estudio transcultural, Un resumen de culturas cruzadas (R.B. Textor) , en el que se muestra cómo es posible predecir los comportamientos de las distintas sociedades observadas, a partir de su trato a las criaturas. Así, según los resultados de esta investigación, las sociedades que proveían a sus niños y niñas afecto físico, eran menos violentas que aquéllas que infligían castigos físicos.  Los grupos humanos que daban más afecto físico se caracterizaban, en general, por la escasez de robos, el bajo dolor físico infantil, la poca actividad religiosa (significativo hecho) y la ausencia de asesinatos, mutilaciones o torturas hacia sus enemigos. En cambio, las sociedades que castigaban físicamente como un asunto de disciplina, presentaban una mayor tendencia a abandonar y descuidar a sus criaturas, así como mayor índice de esclavitud, poligamia y menor estatus de las mujeres.

además del afecto físico en la infancia, Textor encontró otro factor clave para las sociedades con comportamientos menos violentos: la permisividad ante la sexualidad a partir de la adolescencia. De ahí que Prescott concluya que es el placer físico (o la ausencia de él e incluso el castigo), en las etapas cruciales de la infancia y la adolescencia, lo que determina el desarrollo de un comportamiento violento posterior.

estas tesis vienen a reforzar las formulaciones de la teoría del apego, que han demostrado que la satisfacción de las necesidades afectivas durante la infancia influye decisivamente en la construcción de la visión y las relaciones de la propia persona, las demás y el mundo.  Los seres humanos precisamos de contacto, de calor, de atención. De amor incondicional. Ese amor y esa atención no tienen que venir de un solo individuo. Cuantas más personas nos lo proporcionen, mejor.

y todo esto me hace pensar, quizá en una rara combinación de asociaciones mentales, en las recientes declaraciones, aseveraciones, alegatos y críticas (que no he leído con más profundidad que en titulares o de pasada) sobre la maternidad. Me hacen pensar en que renegar públicamente de la decisión de ser madres, es un paso que debemos dar como mujeres, como una necesidad de reivindicar nuestra imperfección, nuestra aspiración polifacética, nuestras ganas de librarnos de etiquetas y sobre todo de roles, que nos encasillan y nos ponen trampas como personas individuales y como colectivo. Se trata de un escalón más en esa ascensión hacia el reconocimiento de que, aunque madre no hay más que una, muchas personas pueden dar cariño maternal. Una madre no debe estar nunca sola en el maternaje. Si una madre está suficientemente apoyada y es sobradamente amada, podrá tomar decisiones con respecto a sus criaturas y a sí misma. Podrá decidir ser madre y trabajadora realizada, amiga, compañera, constructora de la sociedad. No se sentirá relegada, encerrada, confinada a una crianza en soledad, demandada de vacíos que no puede cubrir.

me pregunto por qué, ante una mujer que confiesa que la maternidad no es lo que esperaba, que siente que su vida ha empeorado con la llegada de sus criaturas, las demás reaccionamos como si nos hubieran golpeado o insultado. Por qué sentimos una urgencia de criticar, de exponer nuestras experiencias, de pasar sus palabras a través de los filtros del feminismo, de lo que se supone que debe ser la maternidad, de cualquiera de los tamices a los que sometemos los mensajes. Supongo que porque nos identificamos con esa mujer. Porque cualquiera de nosotras, en alguno o en muchos momentos de nuestras vidas, nos hemos recriminado nuestra decisión de ser madres; porque en alguno o en muchos momentos de nuestras vidas, hemos añorado esos otros en los que no había una (o varias) prioridades por encima de nosotras mismas, aquellos días en los que podíamos salir solas, viajar solas, estudiar, dedicar horas y horas a nuestros trabajos, a un libro, a un amigo, a hacer nada… aquellos días en los que no éramos imprescindibles y no nos sentíamos culpables.

porque al final todo va un poco de eso, de la culpabilidad que nos reconcome si comprobamos -asustadas, ya que se suponía que no íbamos a sentirnos así- que a veces (incluso muchas veces) nos sentimos mejor sin nuestras criaturas al lado. Aunque otras veces (incluso muchas veces) disfrutemos de los tiempos con ellas y los deseemos. Porque nosotras queríamos ser madres y nos habían dicho (ahora no nos acordamos quién, pero lo tenemos grabado como aquellas premisas que sonaban debajo de las almohadas del mundo feliz de Huxley) que nada era mejor que ser madre, que ser madre lo llena todo, que los hijos son la mejor bendición, lo máximo que puede desear una mujer. Y no, para (algunas de) nosotras no es exactamente así; algo anómalo nos debe pasar.

frente a esas proclamas sobre supermadres que “nunca han sido tan felices”, permitámonos, permitámosle, a cualquiera de nosotras que lo requiera, explicar cómo es para ella criar y cuidar. Permitámonos seguir dando pasos para construir una sociedad más justa y más igualitaria, en la que cuidar no sea el cometido “natural” de las mujeres, sino que sea un deber y un derecho comunes. Agradezcamos que haya personas que se exponen al vapuleo mediático, para sacar a la luz cosas que pasan cada día y que se sufren y se intentan superar. Evitemos la violencia. O seamos, al menos, conscientes, de que el afecto y el amor son los únicos que pueden protegernos de ella. Afecto, amor, respeto, no sólo a las criaturas, también a nosotras mismas.