Skip to content

¿qué será conciliar?

24/06/2019

parece que está bastante claro lo que significa conciliar, su objetivo de compatibilizar y armonizar, pero leo yo por ahí que esta palabra, cuando se refiere a los entornos laboral y familiar,  se ha vaciado de contenido, de tanto usarla, retorcerla y asignarle lo que buenamente se entiende en diversos lugares y contextos. Y no puedo estar más de acuerdo, porque además, creo que ya partíamos, partimos, de un enorme error de base, que invalida o al menos resta mucha potencia y profundidad, a cualquier reivindicación.

sólo será posible conciliar de verdad cuando nos concienciemos de que es la sociedad (toda) la que debe asumir los cuidados de las personas que necesitan la atención de otras. Y esto no ocurrirá hasta que la sociedad lo decida. O mejor dicho, hasta que lo decida la mitad de la sociedad que falta, porque la otra mitad, o sea, las mujeres, llevamos en ello desde siempre.
no es posible pensar en conciliación sin atender a una triple conceptualización: personas (también nosotras mismas), actividad y descanso. Todas las personas necesitamos cuidado, necesitamos estar activas y procurarnos sustento y necesitamos descansar, disfrutar, realizar acciones que nos procuren bienestar y satisfacción.
y no es posible, tampoco, pensar en conciliación, sin tener en cuenta que las mujeres son quienes han llevado y llevan el peso de uno de esos componentes, procurando el cuidado para el resto.

no nos engañemos. Mi generación, un conjunto de mujeres educadas para ser lo que quisieran, mejores, universitarias o con oficios, independientes, era la llamada a dejar el hogar, a incorporarse de forma igualitaria al mercado laboral y a la sociedad en general, a lograr la verdadera paridad en cuanto a cuidados y vida propia. En esas luchas nos situábamos cuando algunas voces dirigieron nuestras miradas -justo en el momento en que la biología hacía de las suyas planteándonos la maternidad- hacia una idea de crianza alejada de la que habíamos tenido nosotras, supuestamente, y que asimilaba atender lo mejor posible a las criaturas y otorgarles una adecuada educación, con la vuelta a un esquema que enfatiza a la mujer como única responsable de cuidar. Eso sí, en esta ocasión, no se trataba de “cumplir con nuestra obligación como mujeres”, como había sido toda la vida, porque eso quedaría un poco feo, ya en ciernes la cuarta ola de la lucha feminista. ¿Qué mejor envoltorio, para estas mujeres, nosotras, que hemos buscado siempre nuestro lugar mediante el esfuerzo y el ideal de la perfección, que el de hacerlo mejor, que el de hacer lo que debemos, para lo que “estamos preparadas” y hacerlo mejor que nunca y que nadie? 

de esta forma, con la pretensión y la promesa de la perfección como madres, han hecho que olvidemos los mantras que, sobre todo nuestras antecesoras, nos habían inculcado y repetido hasta la saciedad: “sé independiente” y sobre todo,  “no dependas de nadie”. Porque, obviamente, volver al hogar, implica que una figura (masculina por lo general) nos mantenga; lo que a su vez requiere que esa figura mantenedora (masculina) no sea cuidadora, sino que esté fuera, en la vida pública, social, como su papel principal y referencial. Nuevamente. Reforzando además la premisa de que esa dependencia que las criaturas tienen de sus figuras de cuidado, pertenece única (e idealmente) a las madres; para ello se ha utilizado, cómo no, una argumentación basada en la biología, usando ¿quizás? perversamente razonamientos científicos de manera tendenciosa y obviando nuestro carácter social y la relevancia que en nuestra especie tiene el desarrollo de la corteza cerebral. Nuestra faceta intelectual, dicho de otra forma.

las mujeres de mi generación, las supuestamente mejor preparadas para dar otro empujón grande a los techos de cristal y para impulsar el feminismo, se han vuelto en gran medida a los hogares, para ser las mejores madres, retrocediendo y condenando a sus hijas a volver sobre el camino tan costosamente andado.

a la vez y curiosamente, los hombres reivindican ser los mejores padres. Porque apoyan a sus compañeras. Trabajan para mantener a sus familias. Cuidan de sus retoños cuando las madres van a trabajar a jornada parcial, o durante la jornada reducida que prácticamente sólo ellas se toman, o cuando se toman “un tiempo para ellas”; eso sí, después de dejar todo preparado para el cole, la merienda, o el baño, o la cena… o no, ellos lo preparan (sólo) en esas ocasiones. Confusamente parecidos a nuestros padres, e incluso a nuestros abuelos, ¿o no?.

sin embargo, ocuparse de las criaturas no es un trabajo a tiempo parcial. Supone ocuparse de qué comerán (al menos tres veces al día, todos los días del año), cómo y con qué se vestirán (sí, también todos los días del año), cuándo y con qué se bañarán y secarán, irán al colegio, qué actividades harán y a qué horas, con qué materiales, conocer a sus profes, estar al tanto de lo que necesitan, no descuidar sus revisiones médicas, incluyendo las vacunas y tratamientos especiales, tener en cuenta los días no lectivos y cuáles coinciden con las vacaciones propias, acompañarles en sus desvelos y problemas, acostarles (en camas con ropa que se ha de lavar y cambiar), levantarles… y esto es sólo la parte práctica, logística. ¿Has estado pensando quién se ocupa de cada uno de estos puntos en tu familia?
en ocasiones, sin embargo, esta reflexión puede ser engañosa, porque “se reparten las tareas”; ¿quién reparte las tareas? ¿quién cuida de que haya comida, quién piensa los menús, quién los elabora, quién pide las citas médicas, quién pone las lavadoras y lleva al día la ropa, quién………..? es decir, no pensemos sólo en quién ejecuta las acciones, sino también en quién las piensa, quién las planifica, quién las tiene en mente SIEMPRE.

lo único que un hombre no puede hacer por sus criaturas ya nacidas, es amamantarlas. El resto, TODO, es su deber, tanto como el de la mujer. En la misma medida. Una criatura necesita una (o varias) figuras estables, seguras y amorosas para su cuidado. No es imprescindible que sea su madre, ni una mujer. Esas figuras pueden alternarse.

en estos términos, conciliar no es:

  • dejar el trabajo, o no buscarlo (trabajo que nos gusta y/o que necesitamos para ocuparnos de los gastos del día a día y ser autónomas, independientemente del proyecto de vida que hayamos trazado y con quién).
  • trabajar de madrugada, mientras las criaturas (y su padre) duermen.
  • que la madre trabaje a jornada reducida TODO el tiempo en que sus criaturas necesiten cuidados.
  • poder faltar a las reuniones, que se programan siempre a la misma hora, independientemente de las personas que asistan o deban asistir a ellas.
  • considerar la conciliación como un avance para las mujeres, en lugar de para la sociedad en general (razón por la que, por cierto, no se avanza en conciliación).

y entonces, ¿qué será conciliar?

tras muchas reflexiones, se puede llegar a algunas conclusiones sobre lo que sí es conciliar, conclusiones que no están completas, pero que pueden completarse, siempre bajo una fórmula igualitaria y un enfoque auténticamente común:

  • poder dedicar el tiempo necesario al trabajo y al ocio propios, sin sentir culpabilidad y con la tranquilidad y la satisfacción de saber que nuestras criaturas están adecuadamente cuidadas.
  • poder disponer de un tiempo adecuado para cuidar a las criaturas, que no esté restado de nuestro tiempo de trabajo, ocio, o descanso.
  • poder disponer de recursos adecuados, que no menoscaben la economía y garanticen un cuidado adecuado a nuestras criaturas, si así lo decidimos o lo necesitamos.
  • una organización del tiempo de trabajo con la conveniente flexibilidad para que las personas puedan organizar su cotidianidad equilibrando todas las áreas de sus vidas (por ejemplo, ir variando horarios y días de reuniones importantes, facilitar un horario flexible cuando sea posible, ajustar al máximo posible los horarios laborales a los escolares o favorecer el teletrabajo).
  • paridad en TODOS los niveles de las organizaciones.
  • implicación total de hombres y mujeres en las propuestas, análisis y acuerdos de conciliación (total no es apoyar, ni ayudar, ni colaborar. Total es hacer, pensar, preocuparse, decidir, distribuir y asumir en la misma medida).

de manera trágica, si los cuidados no son hacia criaturas pequeñas, sino hacia personas adultas dependientes, entonces la conciliación no es que se considere erróneamente, no es sólo que arranque de un contexto patriarcal. Es que no existe. Los hombres no se ocupan de las personas adultas dependientes, directamente. Es en las mujeres en quienes recaen estos cuidados. Los hombres pueden asumir una pequeña parcela, exigua, de los cuidados de sus hijos y sus hijas, pero en lo que respecta al cuidado de sus mayores, se desentienden hasta un punto en que la realidad consiste en que ni siquiera consideran que sea un deber propio. No se trata de que se nieguen, es que ni siquiera contemplan la posibilidad.

añadido a todos estos planteamientos está el hecho de que cuando pensamos en conciliación, cuidados, familias, nuestro imaginario se restringe a cuidados y familias tradicionales, nucleares, con esquemas muy definidos. Olvidamos muy a menudo que cada vez existe una mayor heterogeneidad en lo que a estructuras y situaciones se refiere. Familias de criaturas con un solo progenitor (habitualmente la madre), individuos que se unen para compartir espacios y gastos, personas mayores, dependientes o no, que carecen de redes o de soporte y tantas otras posibilidades, conviven en realidad con esa familia tradicional que se impone en nuestras mentes y cuando se habla de conciliación. Una sociedad que se diversifica, pero que no se educa ni se diseña en consecuencia. Con cada vez mayores soledades, carencia de recursos e imposibilidad de una vida digna desde el principio al fin.

avanzando un paso más allá, es posible percatarnos de que la conciliación no sólo se refiera al cuidado de personas dependientes, sino expandir su significado y su conceptualización al conjunto de la sociedad. Así, imaginar y diseñar grupos humanos que concilien la vida, el cuidado y las ocupaciones, no deberían orientarse a continuar la locura que constituye nuestra sociedad de consumo actual. Horarios que no permiten detenerse, contemplarse, disfrutar de ocios que no necesariamente impliquen comprar con dinero. Carreras que comienzan al amanecer y acaban con el día, sin que nos hayamos podido parar, a menudo, a saborearlo, ni a escuchar ni escucharnos. Actualmente, conciliar se asimila con asombrosa facilidad a tener con quién dejar a las criaturas cuando una está trabajando. Y conciliar, como vemos, puede ser, de hecho es, mucho más que eso.

la libertad de elección, que también es, o debería ser un derecho, queda eclipsada por la ausencia de opciones. Es preciso rescatar y poner en el centro esas opciones, para poder disponer de una auténtica libertad para elegir. Auténtica, que no incluya condiciones imposibles de cumplir para una parte de la población; en esto se basa la dignidad. Estos objetivos sólo son alcanzables de manera colectiva, es preciso no perder de vista esta premisa.

esta es la realidad de la conciliación, hoy, año 2019, en España. Todas las reivindicaciones empujan, pero falta el cambio en el paradigma: la asunción de que todas las personas necesitamos cuidados en todo momento en nuestras vidas -en algunos, además, de forma imprescindible- y lo más inteligente y solidario es implicarse para que a nadie le falten y para que todos los costes se compartan. Para que consecuentemente se repartan, de manera equitativa, los beneficios.