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películas y vidas reales

24/02/2019

he visto la semana pasada dos películas, distintas, parecidas, incluso en algunas reflexiones que es posible entresacar, iguales.  Y me he decidido a retomar la escritura, que en las últimas temporadas es casi un lujo, en medio de la vorágine en la que ¿no tenemos? más remedio que convertir el día a día. Es difícil no encontrar en la ficción referencias al amor; como en la vida misma, a cada paso se entremezcla, con nuestras realidades y cotidianidades, ausencias, presencias, pesos, deseos… que giran en torno a una(s) única(s) persona(s). Somos inoculados con el virus del amor (romántico) al nacer y es preciso deconstruir y deconstruirse intensamente, si aspiramos a vivir una vida satisfactoria y más amable para con nosotras y nosotros mismos. Sin renunciar, además, a amar y a sentir que nos aman.

en la primera película se traza una historia que podría denominarse de ciencia ficción, para hacernos reflexionar sobre cómo puede costarnos despedirnos de una relación que ha sido positiva, que ha conllevado muchos momentos maravillosos y que, poco a poco, ha ido rasgándose, mostrando las partes menos atractivas y soportables de cada integrante, al otro. Este declive no sería tan significativo y doloroso si no arrastrara a las personas al sufrimiento, a sentirse humilladas, despreciadas, maltratadas, con el dolor aumentado al ser inflingido por la persona que dice (decía) querernos tanto. La historia pasa por múltiples puntos de inflexión y deja tras de sí la idea flotante de un círculo que promete girar sobre sí mismo indefinidamente. Puede que nos quedemos con la idea (muy de psicología positiva) de vivir lo bueno “a pesar” de que sabemos que todo se va a estropear, que va a hacernos sufrir mucho y que va a llegar, de nuevo, ese momento en que no queramos continuar. ¿Por qué, entonces, aceptar ese bucle infinito?
puede antojársenos desalentador, pero hay otra lectura posible, en cuanto a los ciclos inevitables de las relaciones de pareja, condenadas al deterioro, a las heridas y al sufrimiento; deterioro, heridas y sufrimiento que no necesariamente han de representar humillación, desprecio o maltrato, si justamente se aprende a vivirlas desde la franqueza para con la otra persona y sobre todo, para con uno, una, misma.

en la segunda película vemos madurar, avanzar y aprender, a una mujer que se ha dejado arrastrar, muchos años, por ese amor que nos prometen que mueve el mundo, que va a salvarnos, que es capaz de cualquier cosa y por el que, de la noche a la mañana, se ve expulsada de su propia vida. O de lo que había considerado su propia vida. Porque en realidad, a medida que decide trazar ella sola las pinceladas de su caminar, se intuye que quizá no había vivido su vida, sino otra que le habían inventado o en la que la habían metido o se había visto inmersa y aceptado sin pensarlo. Su vida posterior al acontecimiento, auténtica en la medida en que la va haciendo sólo ella, tiene un poco de absurdez, de ingenuidad, de loco instinto de supervivencia (también de búsqueda desesperada de un nuevo “amor”). Todo lo que ella es, le lleva a cometer errores y a encontrarse en situaciones de donde puede no salir muy airosa. Pero sale. Y cuando llega de nuevo “el amor”, se la ve mirarlo de frente, extrañada desde sus ojos de distinto color, escrutando y sopesando. Y vemos cómo ya no es la misma y cómo ha roto, ha deconstruido y se ha deconstruido y ya no volverá a ser la misma nunca más. Y sonreímos; como si hubiéramos triunfado nosotras, como si sus lágrimas, sus idas y venidas y su mirada de distinto color, fueran las nuestras.  Esta película también deja la idea flotante de un círculo que promete girar sobre sí mismo indefinidamente; por si a alguien se le plantea el interrogante, la comparación… el círculo nos acompaña en las ficciones y en la realidad puede que también.

cabe preguntarse, ¿dónde poner el límite? ¿cómo saber dónde empieza la siguiente vuelta del círculo? ¿de verdad están todas las relaciones predeterminadas al fracaso, al fin, a la tragedia? …0… ¿quién tiene las respuestas correctas a estas cuestiones? cada uno y cada una de nosotras, sin duda. Si nos atrevemos a mirarnos con sinceridad y reconocer cuánto nos está doliendo el comportamiento de la otra persona. Si además encontramos el momento y la forma adecuados de explicárselo. Si somos capaces de expresar claramente qué necesitamos, pedirlo y aceptar, también, un NO por respuesta. Si podemos actuar en consecuencia. Si tenemos responsabilidad no sólo para con la otra persona y para la relación, sino y sobre todo para con nosotros, nosotras, mismas.

quizá así nos percatemos de que no hay un sólo concepto ni una única forma ni ocasión de amar y de sentir que nos aman. Incluso cuando, en medio del dolor, del duelo, de todo lo que se desencadena después de un final, sintamos que es imposible que volvamos a iniciar una relación, o que entablemos una relación saludable. La primera, la primordial relación por la que trabajar, es con uno, una misma. Es recomendable y sano aprender que nadie, nadie, debe ni va a querernos más que nosotras mismas, que nosotros mismos.