diagnóstico: trastorno mental

he visto las caras de muchas personas, profesionales y no, ante casos o diagnósticos de trastorno mental. A menudo adquieren expresiones de alarma, pánico, frustración, pena… tener un trastorno mental estigmatiza, coloca una marca muy grande encima de la persona que lo padece, que hace que quien lo sepa no vuelva a mirarla igual, ya nunca más.

¿no es eso injusto? la mayoría de las personas con trastorno mental pueden desarrollar una vida totalmente normal: pueden vivir solas, hacerse cargo de sí mismas, de sus casas, desempeñar con competencia actividades y trabajos, desplazarse, disfrutar del ocio y las aficiones, relacionarse con otras personas. Algunas deben seguir una serie de pautas, trabajar aspectos de sí mismas, tomar algún medicamento, evitar ciertos hábitos… exactamente igual que muchas otras personas que tienen cualquier otra afección (por ejemplo, diabetes, hipertensión, alergias…). Sin embargo, frecuentemente pueden verse obligadas a ocultar sus problemas, por miedo a que el estigma las aplaste, en ocasiones incluso a costa de que, a falta de un adecuado abordaje, los síntomas empeoren y acaben, entonces sí, con las personas que son.

todo ello es fruto de cómo se ha contemplado y se contempla la diversidad de cualquier tipo. Y del desconocimiento y la divulgación falsa y sesgada acerca de la enfermedad mental que ha sido -y es- constante. Por mucho que las profesiones ligadas a la salud mental repitan y hagan hincapié en que padecer un trastorno mental no conlleva criminalidad, incapacidad -más allá de algunos casos específicos-, incompetencia… por mucho que se insista en que todas las personas tenemos peculiaridades, aspectos negativos, comportamientos que molestan a otras o manifestaciones que puedan no gustar padezcamos o no un trastorno mental, el etiquetaje negativo, terrible, permanece.

en ocasiones, efectivamente, la persona oculta lo que le pasa, porque teme que el diagnóstico sirva como aislador social. Probablemente ellas mismas lo viven como algo que las separa de la normalidad. Tenemos tan interiorizado que “estar loco” es sinónimo de exclusión, es malo, es rechazable, que la persona que experimenta los síntomas de un trastorno mental puede sentir la necesidad de esconderlo (e ignorarlo), como si eso los hiciera desaparecer. Como esas otras personas que notan síntomas sospechosos y no van a su centro de salud hasta que ya es demasiado tarde para tratar, por ejemplo, un cáncer. Por el temor a dejar de ser ellas mismas -tanto por lo que pueda implicar el trastorno y lo que tenemos asumido que es una enfermedad mental, como por la mirada de su entorno-.

otras veces, las personas son diagnosticadas -otro capítulo es la calidad del diagnóstico…- pero no son tratadas adecuadamente. Está comprobado por multitud de resultados clínicos, que la psicoterapia es el tratamiento más eficaz para cualquier trastorno mental, acompañada o no -eso depende del trastorno- por tratamiento farmacológico. Sin embargo, este último es habitualmente la terapia de elección, incluso para trastornos que no tienen una buena evolución con psicofármacos y prácticamente no se facilita -ni siquiera se informa- del éxito de evolución y pronóstico con psicoterapia.

tener un trastorno mental no es el fin del mundo. Su correcto diagnóstico y adecuado abordaje, puede ser, por el contrario, el comienzo de uno distinto, mejor, más acorde con lo que sentimos, percibimos, necesitamos… Todo depende de cómo se actúe para llegar y a partir del diagnóstico, con qué profesionales contamos, qué hay ya alrededor del trastorno y cuánto trabajo por delante.

es imprescindible eliminar el estigma alrededor de los trastornos mentales. El estigma alrededor de cualquier diversidad que nos provoca perplejidad porque no nos han preparado para aceptar lo diferente, sino para acoplarnos -como sea- al molde al uso. Es imprescindible aprender y enseñar a romper moldes.

¿hacer terapia?

en general, se piensa en la salud mental desde la perspectiva de enfermedad, de forma que no se la suele tener en cuenta, no es usual que alguien acuda a la psicología ni a la psiquiatría si no es porque se ha dejado de tener esa salud mental (o lo supone). Más aún, no es extraño que quien tiene problemas psicológicos, lo oculte, intente ignorarlo, o recurra a cualquier otro recurso, antes que a la consulta profesional.

“claro -puede que quien me lea esté pensando- así como no vamos al centro de salud, o al hospital, a menos que sospechemos enfermedad física”. En cierto sentido, esto no deja de ser cierto; sin embargo, desde hace ya un tiempo, existe un enfoque de promoción de la salud -física- que practicamos hasta sin darnos cuenta y que se debe a la definición que determinó la OMS para el término salud allá por los años 40 del siglo pasado. En el concepto de salud como bienestar bio psico social, más allá de la ausencia de enfermedad, se basaron, a partir de entonces, la organización y el tratamiento de la salud y la enfermedad en el mundo. No obstante y a pesar de que el significado hacía alusión también al apartado mental, éste se ha visto discriminado, minimizado, ninguneado, al circunscribir la salud al aspecto médico.

así, la salud mental se incluye muy de soslayo en la cartera de servicios asistenciales de la sanidad pública, pudiéndose prestar con muy poca calidad y solidez, a causa de la falta de plazas profesionales y el ángulo de visión imperante. No existe promoción de la salud mental, no nos explican ningún término relacionado con ella, no nos enseñan la importancia y mucho menos la posibilidad de trabajar para encontrarnos bien en todas sus facetas. Tampoco se incluye en los programas de prevención y promoción infantil, ni en ninguna etapa de la vida, la revisión de la salud mental. Ni se fomenta, a otros niveles, a pesar de que existen recursos privados adonde acudir, numerosos y diversos, en cualquier ciudad de nuestro país.

sin embargo, la salud mental está íntimamente imbricada en nuestra sensación y nuestro potencial de bienestar. Nuestro estado de ánimo, el potencial cognitivo, la condición emocional, nuestra personalidad, la forma de ver y relacionarnos con el mundo, con las personas, con los acontecimientos, nuestra manera de entender y practicar la sexualidad… determinan nuestro bienestar. Influyen sobre él, lo configuran y en algunos casos, lo condenan.

entonces ¿cómo identificar cuándo sería adecuado consultar psicológicamente? Quizá el mero hecho de preguntarse si estaría indicado, puede ser una señal de que efectivamente, así sea. Que se vean afectadas áreas de la vida, el trabajo, la convivencia, las relaciones; ser consciente de que ha habido cambios -o se han hecho visibles aspectos- que provocan nuestro malestar, o interfieren claramente en nuestro funcionamiento. No ver salidas. Sentir que los pensamientos negativos nos acucian y despiertan nuestros temores, nos paralizan o nos empujan a actuar de formas no deseables o deseadas.

no sólo hay que examinar detenidamente qué nos está pasando. A menudo hay que lidiar con todos los prejuicios acerca de qué conlleva consultar psicológicamente. “Yo no estoy loco”, “eso le pasa a otras personas, no a mí”, “hablando no van a solucionar mi problema”… La terapia no es un tratamiento para la locura (¿qué es la locura?), debería ser un espacio en el que exponer lo que nos está preocupando o haciendo sentir mal y alcanzar una resolución, por diferentes vías y con distintas consecuencias. Hacer terapia no es hablar, aunque la palabra toma un lugar privilegiado -en muchos casos un lugar que nunca ha ocupado- y ayuda a liberarse y a encontrar preguntas y respuestas donde antes había vacíos, pensamientos negativos, miedos. Se trata de un aprendizaje acerca de la propia persona, de acuerdo a quién es y qué desea hacer.

y ¿qué pedirle al psicólogo, a la psicóloga? ante todo, honestidad. En la comunicación, cuando nos explique en qué consiste el trabajo y cómo lo lleva a cabo. En cómo llega a las conclusiones, qué proceso sigue, dónde se apoya y cómo explican esto la psicología y la ciencia. En qué vamos a perseguir y cómo vamos a alcanzar los objetivos -por mínimos que sean, también depende de qué desea la persona-, mediante qué pasos, técnicas, instrumentos y medios. Y honestidad en la ejecución de su labor, refrendada por una formación que no deje lugar a dudas ni a abstracciones. Como solemos decir, “basarse en la evidencia (científica)”.

si estás dudando sobre hacer terapia o no, quizá lo más adecuado es ir. Probar, dar un paso. Casi nada es irreversible en la vida, siempre se puede dar marcha atrás. Pero dar un paso, hacia esa dirección, puede ser determinante, un punto de inflexión que se convierta en un hito que configure un antes y un después y un futuro mucho mejor. Y sin ninguna duda, es cuidarse.