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miedo

05/04/2017

el miedo es una sensación incómoda. Y sin embargo, inevitable. ¿Quién no ha sentido -siente- miedo?

de una forma académica y aséptica, podemos decir que se trata de una emoción básica, que es la manera que tiene nuestro cerebro de alertarnos ante una situación que puede poner en peligro nuestra integridad. Más terrenalmente, sabemos que el miedo, en sus manifestaciones de ansiedad y pensamientos aprensivos, limita en ocasiones nuestras acciones, la materialización de nuestros deseos y nuestra marcha por la vida.

es frecuente, al tratar con el miedo, pensar en medidas que impliquen enfrentarnos a él. A menudo, ante los temores de nuestras criaturas, insistimos en que «se enfrenten», “luchen», “los combatan”. Insistimos en contemplarlo -y transmitir una visión del mismo- como un enemigo a batir, una sensación a eliminar. Algo que no debe estar. Acentuando, involuntariamente, la tendencia a negarlo -porque hacerlo desaparecer es mucho más difícil desde la resistencia y la lucha, que desde la aceptación.

Para que nuestro miedo se atenúe y no nos impida hacer, es imprescindible, en primer lugar, aceptarlo. Mirarlo, reconocer sus recovecos, las caras, que nos pueden mostrar, a su vez, las razones de que exista. Así también podremos darnos cuenta de si se trata de un miedo justificado en un motivo real -en lo que, en realidad, habrá entonces que concentrarse- o encierra aspectos menos trascendentes, aprendidos -no por ello menos interesantes de abordar-.

como (casi) siempre que percibimos amenazas, o interferencias, en nuestro bienestar, la solución pasa por considerar de forma consciente, responsable, qué hay ahí; esta acción es ya un tranquilizante en sí misma. Y facilitará una disposición mucho más adecuada, así como la materialización -o la búsqueda- de herramientas que nos permitan sentirnos mejor y continuar el camino de una forma más apacible. Si lo deseamos.

decía Woody Allen ”el miedo es mi compañero más fiel, jamás me ha engañado para irse con otro”. Es más amable no rechazar lo que forma parte nuestra, sin más; en general, resulta más acertado integrarlo y aprender, por fin, a con-vivir bien con lo que somos.